
Sin embargo, a despecho de esta apariencia bucólica, encontramos también una Praga de conflictos y enredos. No en vano uno de sus más insignes vecinos fue Franz Kafka, autor de obras memorables como La metamorfosis, El Castillo o El proceso. Una visita a su casa-museo nos introduce literalmente en un pasillo laberíntico flanqueado de archivos grises, algunos de ellos entreabiertos, permitiéndonos ver su contenido: expedientes anodinos sobre ciudadanos y acontecimientos. La burocracia imperial no deja nada por reseñar, informar, relatar, registrar... hasta la nimiedad más insignificante. Un audiovisual ilustra su vida y su tiempo, en blanco y negro, con la imagen distorsionada, que nos zambulle en la sinrazón de un mundo anquilosado, artrítico, el de aquella época y aquel entorno que le tocó vivir.
Praga, además, como cualquier obra magna -de la literatura, del arte, de la vida- admite niveles de lectura diferentes. También hay lugar para la epopeya, como la que protagonizaron los comandos que acabaron con la vida de Heydrich, "el carnicero de Praga", y cuyo último refugio, la cripta de la iglesia ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio, es hoy un lugar de la memoria donde se rinde homenaje a aquellos hombres y mujeres que decidieron quitarse de encima la infame bota que les aplastaba, aún sabiendo las represalias que desencadenarían más tarde. Así, hoy, su recuerdo, permite a los praguenses, a los checos, a la humanidad entera, mirarse al espejo con dignidad.

