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| Copenhagen Black Diamond |
La Biblioteca Central de Copenhague se levanta al borde de un canal. Es un edificio moderno, con una fachada de granito negro pulido y cristal también negro. De ahí su nombre, The Black Diamond. El edificio y la aguas del canal se reflejan mutuamente. El efecto es un juego de espejos muy curioso, bello, pero a la vez inquietante, una especie de fuegos artificiales oscuros que anuncian la presencia amenazante del océano. El observador, desde la orilla opuesta, tiene la sensación de habitar una balsa de piedra, firme, pero balsa al fin y al cabo. El puerto se revela entonces como el lugar seguro donde guarecerse. Y si queda lejos, su recuerdo sirve de esperanza, objetivo y consuelo.
De la misma manera que las olas mecen o estremecen las embarcaciones, los avatares de la vida nos sacuden constantemente, tal que un titiritero loco manejando sus peleles. Los hijos, los padres, el trabajo, la salud, el mundo… retuercen la sesera intermitentemente y estorban la tan anhelada paz, que es solo una quimera. Cuando los problemas del alma acucian, cuando la tempestad se acrece, los amigos restañan las heridas con palabras de aliento, miradas de comprensión, abrazos acogedores, la mejor estopa y brea. Basta con evocarlos, saber que están ahí, en la estancia contigua, al otro lado del teléfono, a vuelta de correo, para recuperar la calma y el sosiego. Son nuestros puertos seguros.
El cabo se afloja o se tensa, pero la cornamusa y el noray permanecen firmes. El nudo marinero que nos ata es prácticamente indestructible. Solo nosotros podemos desatarlos, de un lado, del otro, o de común acuerdo. Para siempre o hasta luego. Navegamos en medio del ciclón o en bandeja de plata, pero siempre acabamos regresando a puerto. Es importante saber que siempre habrá un puerto donde recalar.
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| Noray |

