1. Las elecciones permiten regular los conflictos sociales de una manera pacífica y legítima y, por lo tanto, mucho menos costosa. Una regulación que, en algunos casos, puede amortiguar los conflictos o, en otros, enconarlos, dependiendo del uso que el ganador de las urnas haga del poder obtenido.
2. Las elecciones constituyen una forma imperfecta pero razonable de seleccionar líderes. Desde luego, a nadie se le ha ocurrido otra mejor que no sea vista como un atentado a la democracia, por ejemplo los tecnócratas interviniendo recientemente en el gobierno griego. Sin embargo, ciertos resultados electorales exigirían revisar o precisar esta afirmación, por ejemplo las elecciones de tipos tan estrafalarios como Jesús Gil y Gil o Ruiz Mateos en España, hace algunos años, o la elección reiterada de flagrantes delincuentes entre la clase politica valenciana.
3. El sentimiento del electorado de poder aceptar o rechazar las políticas ofrecidas por grupos alternativos. Un sentimiento que además le da un plus de legitimidad al sistema. Sin embargo, esa competencia, lejos de ser igualitaria, debe mucho a los recursos con que cuentan los distintos grupos contendientes.
4. Las elecciones brindan al elector un poder de veto sobre aquellos políticos cuyo historial desean rechazar, como ocurrió en Francia donde muchos acudieron a votar en favor de Chirac tapándose la narzi para evitar, así, la victoria de Le Pen. El autor reconoce ésta como una de las funciones más importantes.
5. Las elecciones ayudan a forjar lealtad hacia un gobierno, sostiene el autor. Más que de lealtad, cabría hablar de legitimidad, a mi modo de ver. Aunque la legitimidad, como apuntaba el doctor Sanguinetti, debe corroborarse en última instancia por la eficacia en la gestión.
