A menudo he oído decir que la estética es una opción ética –al último, a Caballero Bonald en una entrevista en Página 2, el magazine de libros de La 2- y nunca he sabido a ciencia cierta qué rediantres querían decir con esto. Sin embargo, viendo la última película de Aki Kaurismaki, Le Havre, creo vislumbrar lo que esta proposición puede significar. A ver si consigo explicarme.
Le Havre es un cuento de hadas… sin hadas, sin varitas mágicas, sin polvo de estrellas. La acción transcurre en un barrio marginal de la ciudad normanda, junto al puerto. El argumento se resume en pocas palabras. En un contenedor de transporte, un adolescente africano llega a la ciudad con la intención de trasladarse a Londres para reunirse con su familia. Se esconde de la policía de inmigración ayudado por un limpiabotas quien comparte con él su bocadillo, le da cobijo y reúne el dinero necesario para pagarle el pasaje clandestino.
Le Havre es un cuento de hadas… sin hadas, sin varitas mágicas, sin polvo de estrellas. La acción transcurre en un barrio marginal de la ciudad normanda, junto al puerto. El argumento se resume en pocas palabras. En un contenedor de transporte, un adolescente africano llega a la ciudad con la intención de trasladarse a Londres para reunirse con su familia. Se esconde de la policía de inmigración ayudado por un limpiabotas quien comparte con él su bocadillo, le da cobijo y reúne el dinero necesario para pagarle el pasaje clandestino.
Sin embargo, la historia, siendo importante, no lo es tanto como el modo de narrarla. Hay un extrañamiento temporal, una desubicación cronológica que nos desconcierta. Sabemos que la acción ocurre en el año 2000 y algo porque el inspector pide una copa de vino de una cosecha de uno de esos años. Sin embargo, las calles, los coches, la vestimenta nos retrotrae a los años 60-70 del siglo pasado. Impagable la figura del inspector, un trasunto del inspector Clouseau o del inspector Gadget, con aquellas gabardinas largas, de piel y aquellos sombreritos un tanto ridículos.
Al mismo tiempo, a esa sensación de extrañamiento contribuye el tratamiento inusual del ambiente en el que se desenvuelve la historia. A la tradicional asociación de miseria, suciedad y ruindad moral se opone aquí una vida austera, muy austera, pero limpia, digna y cargada de buenos sentimientos. Pero que nadie crea que estamos ante un dramón tipo Capra. Nada más lejos. Yo, por buscarle los tres pies al gato y desde mi más absoluta ignorancia, diría que hay un toque de cine francés de la nouvelle vague en la escena inicial que nos presenta al personaje principal, en la que los dos limpiabotas asisten al asesinato en off de alguien en los pasillos de la estación. La escena se resuelve sin mediar palabra, con un juego de miradas y una cierta coña. Y todo esto rehogadito con un pequeño toque de poesía, como esa imagen de un florero con una sola flor, justo debajo de un espejo, la única decoración de una pared, por lo demás, desnuda.
Al mismo tiempo, a esa sensación de extrañamiento contribuye el tratamiento inusual del ambiente en el que se desenvuelve la historia. A la tradicional asociación de miseria, suciedad y ruindad moral se opone aquí una vida austera, muy austera, pero limpia, digna y cargada de buenos sentimientos. Pero que nadie crea que estamos ante un dramón tipo Capra. Nada más lejos. Yo, por buscarle los tres pies al gato y desde mi más absoluta ignorancia, diría que hay un toque de cine francés de la nouvelle vague en la escena inicial que nos presenta al personaje principal, en la que los dos limpiabotas asisten al asesinato en off de alguien en los pasillos de la estación. La escena se resuelve sin mediar palabra, con un juego de miradas y una cierta coña. Y todo esto rehogadito con un pequeño toque de poesía, como esa imagen de un florero con una sola flor, justo debajo de un espejo, la única decoración de una pared, por lo demás, desnuda.