dissabte, 15 de desembre del 2012

Algo va mal

En la edición en papel del diario Información del 14 de diciembre aparecía en portada, y ampliado en el interior, un informe de Intermón en el que se anunciaba el crecimiento de la pobreza en España hasta alcanzar la cifra de 18 millones de ciudadanos en 2020, esto es, casi un 40% del conjunto de la población española del momento. 

Aun considerando que las cifras pueden ser exageradas, este informe no deja de ser sintomático de la deriva económica de este país y de su debacle política y moral. Ya no se trata únicamente del drama humano que pueda suponer para esos millones de personas, sino de la incapacidad de nuestros gobernantes para hacer frente a una crisis de estas dimensiones y, lo que es peor, de la  insensibilidad del resto de la sociedad que intenta proteger su pequeña parcela de bienestar.

La crisis económica tiene causas conocidas y actores con nombres y apellidos. Son los fondos especulativos que se mueven según criterios de maximización del beneficio económico, son las agencias mafiosas que encumbran y/o hunden a países, entidades financieras, fondos de inversión..., son los gobiernos corruptos que prefieren escuchar los cantos de sirena de los anteriores antes que liderar una rebelión ciudadana contra el capitalismo salvaje.

Es evidente que el mercado por sí solo no se regularizará. Pero esto no es nuevo, ya se conocía desde los tiempos de Adam Smith, Stuart Mill, Keynes. Son numerosas las voces que alertaron o que, simplemente, establecieron las reglas del juego limpio. Uno de los fundamentos del mercado eficiente es la competitividad, pero ésta sólo puede ser real si la información que se maneja es veraz y accesible a todos los contendientes. Y esto no es más que una ilusión. Véase si no la útima película de Costa-Gravas, El Capital.

¿Cuál puede ser la solución? No es fácil decirlo, pero en cualquier caso debe venir de la mano de la política. Yo no soy partidario de los movimientos ciudadanos espontáneos que responden a una lógica del rascapica. No podemos movernos a golpe de escándalo. Tampoco soy partidario de medidas paliativas, aunque les reconozco el  mérito cuando se trata de enfrentar situaciones de emergencia, caso de los bancos de alimentos o organizaciones no gubernamentales, que debieran aspirar a una vida efímera, el tiempo necesario para solventar el problema, y después, desaparecer.

Debemos articular una respuesta sostenida y basada en unos principios claros. Ya no se trata de crear una alternativa ilusionante, ni de imaginar un mundo feliz o una sociedad utópica. Estos discursos acabarán conduciendo a una nueva desilusión y a un distanciamiento de la población respecto de la actividad política. Hay estudios contrastados que demuestran que la desigualdad de renta en una sociedad genera infelicidad, pobreza, muerte, enfermedades y catástrofes de todo tipo, personales y sociales.

A lo mejor, se trata de aprender del pasado, ver lo que funcionó, ver lo que no y quedarnos con aquellas fórmulas que causaron menos desasosiego en los ciudadanos. Como dice Tony Judt en su testamento político, Algo va mal, lo que temen las personas no es tanto la desigualdad o la pérdida de libertad, sino la destrucción del orden público y de la certidumbre. Y en esas estamos, en una sociedad del temor, que puede mover a muchos a lanzarse en brazos de falsos salvadores o líderes populistas, si no en un retorno de los fascismos.