El Instituto Juan Gil-Albert viene celebrando desde hace unos años unos encuentros literarios en los que un autor dialoga con un estudioso de su obra. Una iniciativa que saludo y que ha deparado momentos muy interesantes a los profanos que, religiosamente, asistimos a la ceremonia, ávidos de conocer y desvelar los secretos de la creación literaria. Pero, a menudo, tenemos que conformarnos con una semblanza siempre elogiosa de la última obra del autor o con un más o menos merecido autohomenaje. En esta ocasión, sin embargo, Martínez de Pisón nos ilustró con una auténtica lección de Literatura. Intentaré rememorar aquí algunos de los asuntos sobre los que se habló.
El realismo, dijo, es la corriente literaria que ha dado las mejoras obras de la literatura española y en esa tradición se inscribe la obra del autor. Otros autores de su generación, -Antonio Muñoz Molina (Beatus ille), Julio Llamazares, Vila-Matas- también se adscriben a esta categoría, al igual que otros del círculo barcelonés algo más mayores, como Eduardo Mendoza (La verdad sobre el caso Savolta) o Juan Marsé. Quedan atrás las veleidades experimentales de la generación precedente, Cela (Oficio de tinieblas), Torrente Ballester o el mismo Delibes, relegadas a un ejercicio de poco vuelo. Mientras tanto, en el olvido quedaron algunos grandes literatos como Martín Santos o García Pavón, este último, sin embargo, curiosamente reivindicado recientemente.
Las fuentes de inspiración, sin que se pueda hablar propiamente de escuela, las encontraron los de su generación en los autores del boom sudamericano y aquí cada uno de ellos encontró su particular mentor. Reconociendo por supuesto la valía de Borges o de García Márquez, prefería nuestro escritor, sin embargo, a los peruanos Vargas Llosa y Juan Ramón Rybeiro, gusto y admiración que comparto totalmente, en especial la del cuentista magistral.
Con estas tramas y aquellas urdimbres sólo cabía tejer historias en las que lo más importante, dice el autor, son los personajes y las vicisitudes que les acontecen. Para ello, prefiere acotarlas en forma de historias de familia, de un padre y un hijo, de viaje por Carreteras secundarias, de sagas familiares prolongadas a lo largo de tres generaciones Dientes de leche, tres hermanas en El tiempo de las mujeres... Además, estas historias familiares, dice, le remiten a un eterno universal en la que todas las literaturas se reconocen. En ellas suelen aparecer niños, que crecen, que evolucionan, siendo este devenir indispensable en la caracterización de un personaje. Y el género que mejor le permite el desarrollo in extenso de estas historias es la novela, en las que el escritor inventa las reglas, a diferencia del cuento, donde estas reglas son canónicas (¿Propp dixit?).
Empezó temprano, como otros de su generación, y aprendió el oficio de dos fuentes principales: los guiones de cine y la traducción. De ésta, las voces de los personajes, los puntos de vista. De aquellos, la estructura del relato, la introducción, los momentos climácicos, los cambios de orientación, la sorpresa final. Y en ello persistió, una vez y otra, escribiendo a lo largo de todos sus libros una única novela, circunstancia que lejos de convertirse en una limitación o de correr el riesgo de repetirse a modo de déjà vu, reivindica el autor como una marca de estilo, tal que Baroja.
Habló también de un libro singular en su bibliografía, Enterrar a los muertos, un caso real de la guerra civil, el de la desaparición de un profesor republicano a manos de los servicios secretos soviéticos, que recreó casi como reivindicación de la memoria del represaliado y resarcimiento de la hija del muerto a la que tuvo ocasión de conocer.
Acabó su intervención con una rememoración de Javier Tomeo, recientemente fallecido, otro aragonés en Barcelona, éste sí totalmente inclasificable, kafkiano sin haber leído a Kafka, hasta el punto de acusar al autor checo de plagio precedido, si es que esto fuera posible.
Un gustazo, vaya.
